Las estaciones

Deberíamos aprender de las estaciones. El verano se aburre, se arruga y cae. Deja desnudo al invierno, desprotegido pero enseguida dispuesto a volver a empezar. El invierno quiere volver a empezar y sonríe verde.

Pero nosotros a veces no queremos andar de nuevo. Nos quedamos quietos en un banco temblando, recogemos las hojas y las hacemos crujir y gemir. Las desenvolvemos y las intentamos planchar, pero la misma arruga reaparece rebelde e impaciente. Así todo, seguimos empeñados en violar las leyes de la naturaleza.

Y en realidad nos dan miedo los comienzos. La primavera es novata y pueden rasgarla y arrancarle las flores, ahogarla de lluvia o enturbiar su mente a base de rayos de sol. Y reanudar nuestro camino sin desdoblar caducas guías otoñales nos cuesta, pensamos que nada volverá a ser como antes, que la alegría madura de verano no va a repetirse. Por eso nos devanamos los sesos buscando árboles melancólicos que lloren hojas sin savia. Por eso.

Y ahora nos vuelve a pasar y la nube sobrevuela el mundo, pensativa, como una niebla audaz sobre el pensamiento. Pero, como dice un poema de Ángel González, olvidemos el llanto y empecemos de nuevo.

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