Archive for Programa del 30/12/06

Los inicios de la modernidad poética

La modernidad poética comienza en Francia a mediados del siglo XIX, con la aportación de las corrientes literarias denominadas parnasianismo y simbolismo.

El parnasianismo

La escuela parnasiana reacciona contra los excesos de subjetividad y sentimentalismo de los románticos hacia la década de 1860, y los nuevos poetas -Théophile Gautier, Leconte de Lisle o Théodore de Banville- propugnan “el arte por el arte”, una poesía objetiva que se cierra a sentimientos e ideologías. Esa concepción propicia el uso de imágenes precisas y claras y de un verso de construcción muy cuidada. En cuanto a los temas, el parnasianismo se remonta a las culturas antiguas y se traslada a ambientes exóticos.

El simbolismo

Es hacia la década de 1870 cuando empieza a cambiar la sensibilidad y se inicia poco a poco la búsqueda de un nuevo lenguaje basado en la sugerencia. En 1886, el griego Jannis Moréas introdujo el término simbolismo, que definió como el proceso de sustitución de la realidad por la “idea” en la poesía. De este modo, los poetas simbolistas tratan de sustituir los procesos de la razón por aquellos intuitivos.

En sus obras, su pretensión es plasmar una visión subjetiva de la realidad, de ofrecerla a través de la sensibilidad del poeta. En lugar de mencionar las cosas de forma directa, emplean el símbolo, es decir, aquello que se ofrece a los sentidos y lleva a comprender una idea.

Principales poetas de los inicios de la modernidad poética

Baudelaire

(1821-1867)Pionero del simbolismo, veía en la naturaleza una serie de analogías, un “bosque de símbolos” que era necesario descifrar. En su obra “las flores del mal” (1857) plasmó sus temas principales: anhelo de un ideal trascendente e inalcanzable, erotismo, la mujer, gran ciudad, spleen, muerte. Con El spleen de París (1963) inauguró sus poemas en prosa.

Verlaine

(1844-1896)Comenzó en la línea parnasiana de “el arte por el arte” (Poemas saturnianos, 1866), pero pronto la abandonó para expresar su desasosiego vital por medio de una musicalidad sutil y de la vaguedad.

¿Cómo lo logra? Por medio de la expresión directa de sentimientos y una notoria variedad métrica.

Mallarmé

(1842-1898) En su producción poética persiguió la belleza absoluta, el ideal de poema. La misión del arte: resumir la creación y justificarla ante el espíritu humano. La poesía debía eludir la realidad, plural e imperfecta, y evitar nombrar el objeto; solo había de sugerirlo.

Jean Arthur Rimbaud

(1854-1891) Caracterizado por su afán de destrucción y por su rebeldía, Rimbaud concibe la poesía como medio de exaltar la vida. La obligación del poeta: agotar todas las formas de amor, de sufrimiento y de locura para alcanzar lo desconocido.

En 1873 escribe Una temporada en el infierno y en 1886 Verlaine publica sus Iluminaciones. En 1895 aparecieron sus Poesías completas.

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Baudelaire (La muerte de los amantes)

CXXI

Tendremos un lecho de suaves olores,
divanes profundos como sepulturas,
y en tallos y búcaros nos darán las flores
aromas extraños bajo albas más puras.

 

Nuestros corazones, amando a porfía,
darán de su antorcha su llama postrera:
dos llamas gemelas son tu alma y la mía,
espejos que miran la eterna ribera.

 

Relámpago único, centella preciosa,
una tarde mística de azul y de rosa,
el adiós seremos, el llanto, el sollozo.

 

Y después un ángel, abriendo las puertas,
los espejos turbios y las aguas muertas,
resucitarán temblando de gozo.

Suplemento a las Flores del Mal

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Baudelaire (Madrigal triste)

I

 

¿Qué me importa de tu cordura?
¡Sé bella! ¡Y sé triste! Que el llanto,
le da a tu rostro cierto encanto,
cual la lluvia a la flor la frescura,
y el río al paisaje otro tanto.

 

Te adoro cuando de tu frente
acaba de huir la alegría,
cuando tu alma se torna sombría,
porque se cierne en tu presente
la negra nube de algún día…

 

Cuando tu pupila florece
con una lágrima quemante,
y a pesar de mecerte al instante
en mis brazos, tu angustia parece
el estertor de un agonizante.

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Verlaine (Tú crees en el ron del café, en los presagios)

Tú crees en el ron del café, en los presagios,
y crees en el juego;
yo no creo más que en tus ojos azulados.
Tú crees en los cuentos de hadas, en los días
nefastos y en los sueños;
yo creo solamente en tus bellas mentiras.
Tú crees en un vago y quimérico Dios,
o en un santo especial,
y, para curar males, en alguna oración.
Mas yo creo en las horas azules y rosadas
que tú a mí me procuras
y en voluptuosidades de hermosas noches blancas.

 

Y tan profunda es mi fe
y tanto eres para mí,
que en todo lo que yo creo
sólo vivo para ti.

 

Versión de Luis Garnier

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Verlaine (Lasitud)

Encantadora mía, ten dulzura, dulzura…
calma un poco, oh fogosa, tu fiebre pasional;
la amante, a veces, debe tener una hora pura
y amarnos con un suave cariño fraternal.

 

Sé lánguida, acaricia con tu mano mimosa;
yo prefiero al espasmo de la hora violenta
el suspiro y la ingenua mirada luminosa
y una boca que me sepa besar aunque me mienta.

 

Dices que se desborda tu loco corazón
y que grita en tu sangre la más loca pasión;
deja que clarinee la fiera voluptuosa.

 

En mi pecho reclina tu cabeza galana;
júrame dulces cosas que olvidarás mañana
Y hasta el alba lloremos, mi pequeña fogosa.

Versión de Emilio Carrere

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Mallarmé (Brisa marina)

Leí todos los libros y es, ¡ay! , la carne triste.
¡huir, huir muy lejos! Ebrias aves se alejan
entre el cielo y la espuma. Nada de lo que existe,
ni los viejos jardines que los ojos reflejan,
ni la madre que, amante, da leche a su criatura,
ni la luz que en la noche mi lámpara difunde
sobre el papel en blanco que defiende su albura
retendrá al corazón que ya en el mar se hunde.
¡Yo partiré! ¡Oh, nave, tu velamen despliega
y leva al fin las anclas hacia incógnitos cielos!
Un tedio, desolado por la esperanza ciega,
confía en el supremo adiós de los pañuelos.
Y tal vez, son tus mástiles de los que el viento lanza
sobre perdidos náufragos que no encuentran maderos,
sin mástiles, sin mástiles, ni islote en lontananza…
Corazón, oye cómo cantan los marineros!

 

Versión de Andrés Holguín

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Mallarmé (Aparición)

La luna se entristecía. Serafines llorando
sueñan, el arquillo en los dedos, en la calma de las flores
vaporosas, sacaban de las lánguidas violas
blancos sollozos resbalando por el azul de las corolas,

 

Era el día bendito de tu primer beso.
Mi ensueño que se complace en martirizarme
se embriagaba sabiamente con el perfume de tristeza
Que incluso sin pena y sin disgusto deja
el recoger de su sueño al corazón que lo ha acogido.

 

Vagaba, pues, con la mirada fija en el viejo enlosado,
cuando con el sol en los cabellos, en la calle
y en la tarde, tú te me apareciste sonriente,
y yo creí ver el hada del brillante sombrero,
que otrora aparecía en mis sueños de niño
mimado, dejando siempre, de sus manos mal cerradas,
cien blancos ramilletes de estrellas perfumadas.

 

Versión de L. S.

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